
Viste cuando te estás mudando, agarrás y decís: acá van los libros, acá la ropa de invierno, acá las ollas, acá las cremas y perfumes, acá los acrílicos, pinceles y papeles. Cajas y bolsos. Y después te quedan las plantas, el medio paquete de fideos y la bolsa de azucar, el termo y la ropa sucia. Bolsas del super y de la tienda.
Corriste los muebles de lugar, embalaste la heladera, desconectaste el lavarropas, el puf que entra apretado contra el techo del flete. Y después te aparece: la revista con esa nota que te gustó, el envoltorio del regalito con ese papel importado, el títere que te regaló un amigo, el dinosaurio mecánico que le faltan las pilas. Más bolsas.
Y después te queda la ficha del televisor, las cucharitas de helado, el barral de la cortina del baño, la cinta que estaba atada en el picaporte, los stickers de kitty. A los bolsillos y en la mano derecha.
Y después la libreta sanitaria del gato, la última cuota de la tarjeta, el ovillo de hilo rojo, la toalla de la cara para secarte antes de salir, el peine, el dentífrico, el vaso de plástico. A la cartera.
Lo que sobra del diario con el que envolviste los vasos a la basura, el mate para devolver a una amiga, la bolsa de ropa para regalar, el ventilador medio roto que no sabes qué hacer, las lámparas bajo consumo que te tenés que desenroscar a lo último de todo, la escoba, el secador y el balde.
El tacho de pintura, los pinceles escurriendo, el rodillo peinado. Las lijas y los destornilladores.
Sacás las llaves de tu llavero de lagarto y se la dejás en mano a la tipa de la inmobiliaria. Prometés el resto de impuestos, expensas y servicios para cuando cobres este mes. Y chau.
Ahora sí que estás en tránsito. Ya no sos de aquí ni sos de allá, todo te entra en un flete y no tenés ni idea de la nueva forma que dibujarán las luces de las ventanas sobre el nuevo techo.
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Viste que en las mudanzas todo lleva rótulo. Pero la mitad más una de las cosas no los permite. Bien por las dóciles cosas inclasificables que brotan desde el fondo de los cajones y de atrás de los muebles, que se dan el gusto de ubicarse donde quepan, hoy en bolsas, mañana en cajas, y que saltan a habitar como al descuido, donde aterricen y como caigan. Son en definitiva las múltiples almitas que dan vida a los lugares, las verdaderas habitantes de los rincones, las que marcan los acontecimientos, las que sostienen el universo doméstico. Me voy con ellas a otro lado, y ya estamos en camino!
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Saludos, gente, hoy tengo el lomo a la miseria!